Si usted hubiera vivido en los primeros años del siglo veinte, su esperanza de vida habría sido mucho menor de lo que es en la actualidad. Hoy, la esperanza de vida en los hombres se encuentra alrededor de los 75 años; en las mujeres, es de 80 años. En 1918, las esperanza de vida para los hombres era sólo de 53 años. La esperanza de vida de las mujeres a los 54 era sólo marginalmente mejor.
¿Por qué la esperanza de vida era mucho menor?
Durante los primeros años del siglo veinte, las enfermedades contagiosas - es decir aquellas que pueden transmitirse de persona en persona - estaban generalizadas. La influenza y la neumonía junto a la tuberculosis y las infecciones gastrointestinales como la diarrea se cobraban vidas estadounidenses en una cantidad alarmante. Pero las enfermedades no contagiosas, como el cáncer y los problemas cardíacos, también se llevaba un gran número de víctimas.
La alta tasa de mortalidad infantil también contribuyó a acortar la esperanza de vida. En 1918, uno de cada cinco niños estadounidenses no sobrepasaban su quinto año de vida. En algunas ciudades, la situación empeoraba aún más, con el treinta por ciento de todos los bebés muertos antes de su primer cumpleaños. Las enfermedades infantiles como la difteria, el sarampión, la escarlatina y la tosferina contribuyeron de manera significativa a estas altas tasas de mortalidad.
Alcantarillado y sanidad:
En el siglo diecinueve, la mayoría de los médicos y expertos en salud pública creían que las enfermedades no era causadas por microorganismos sino más bien por la suciedad misma.
Los defensores de la salubridad, argumentaban que la limpieza de las ciudades infestadas de suciedad y la construcción de mejores sistemas de alcantarillado prevendrían y terminarían con muchas epidemias. Ante su insistencia, se construyeron mejores sistemas de alcantarillado en ciudades y pueblos de todo el país y proporcionaron a los ciudadanos el acceso al agua limpia. Para 1918, estos sistemas de agua y alcantarillado mejorados habían contribuido en gran medida con la disminución de infecciones gastrointestinales y con una importante reducción de las tasas de mortalidad entre bebés, niños y adultos jóvenes.
Pero debido a que las enfermedades son causadas por microorganismos, no por la suciedad, estas tácticas no resultaron completamente efectivas en cuanto a la erradicación de todas las pandemias.
Salud pública y educación:
las campañas educativas que enfatizaban la higiene personal y de la comunidad eran herramientas cruciales en la batalla para prevenir las enfermedades. Debido a que muchos estadounidenses eran analfabetos o no manejaban el idioma inglés con fluidez, estas campañas debían basarse ampliamente en el uso de imágenes para transmitir el mensaje.
A medida que evolucionaba el conocimiento de los estadounidenses sobre las enfermedades y a medida que los médicos y las personas comunes comenzaron a entender que eran microorganismos ("gérmenes") los que causaban las enfermedades, las campañas de salud pública se hicieron más sofisticadas. Estas campañas más nuevas continuaron defendiendo la limpieza como medida preventiva pero también instaban a las personas a evitar los gérmenes, los agentes causantes de las enfermedades.
Durante los primeros años del siglo veinte, las campañas de salud fueron organizadas por las autoridades estatales, locales y federales; las organizaciones privadas también iniciaron sus propias campañas.
Para 1918, cuando la pandemia de influenza comenzó, los estadounidenses se dirigían diariamente al gobierno y a las organizaciones privadas de la salud para obtener información acerca de cómo luchar contra la enfermedad.
La lucha contra las enfermedades en la comunidad:
Mientras que los afiches eran herramientas efectivas para educar a los estadounidenses sobre las pandemias y las buenas prácticas sanitarias, los funcionarios de la salud pública se dieron cuenta de que estas tácticas eran insuficientes en sí mismas.
En muchas comunidades, las enfermeras de la salud pública y los reformadores enseñaban activamente a la gente técnicas para mejorar su salud. Muchas mujeres, por ejemplo, aprendían no sólo sobre la importancia de la esterilización de los utensilios para beber y para comer, sino cómo debían hacerlo. Las enfermeras de la salud pública también asistían a las madres primerizas en el cuidados de los recién nacidos, y en muchos distritos escolares, ayudaban a los médicos a vacunar a los niños contra la viruela, la fiebre tifoidea, el tifo y una variedad de otras enfermedades.
Para 1918, las enfermeras de la salud pública eran valiosos e importantes miembros de las comunidades urbanas y rurales. Durante la pandemia de influenza, estas enfermeras trabajaron en las primeras líneas, proporcionando cuidado a los pacientes en sus comunidades.
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