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We Heard The Bells: The Influenza of 1918
Centros para servicios de medicare y medicaid
Departamento de salud y servicios humanos de los EEUU
Guionista/Productora:
Lisa Laden
ANNAH ELNORA THURBER:
En 1918 yo vivía en el Condado de Sequoyah.
REBA HAIMOVITZ:
En 1918, mi familia vivía en la parte Sur de Filadelfia.
MARIA PRATS GÓMEZ:
Mi familia vivía en El Paso, Tejas aquí…
RACHEL HOLLIS:
Nací y crecí en Baltimore.
NARRADOR:
En las ciudades bulliciosas y las aldeas remotas de los Estados Unidos y del mundo, los niños huérfanos lloraban por sus padres en 1918. Gente de todas las culturas luchaba con la misma terrible amenaza y, en cuestión de meses, morirían hasta 50 millones de personas. En los Estados Unidos hubo 675.000 muertos, cinco veces más que los soldados estadounidenses muertos en la Primera Guerra Mundial. ¿Qué era esa mortal amenaza?
MARIA PRATS GÓMEZ:
Murió mucha gente. Venimos a, a dar aquí como digo, por la revolución de México,y aquí nos quedamos. En aquel entonces, habíamos mi papá, mi mamá, mi hermana más chica, y mis tres hermanos. Así es que éramos cinco. Pues lo que me acuerdo es que mi pobre papá, y mi hermanita Luisa, que tenía seis años. Tuvieron que atender a los que, los que nos enfermamos. Que fue, mi mamá y yo, estaba en cama y mis dos hermanos que seguían en una cama. Tenía uno de esos sueños tan terribles por la calentura y mi mamá tenía un pelo muy negro, muy bonito y me dijo que yo decía que creía que su pelo era un gato negro. Naturalmente cerraron todas las escuelas y lugares públicos para evitar el contagio por que verdaderamente fue una epidemia terrible.
ANNAH ELNORA THURBER:
Yo tenía ocho años. Vivíamos cerca de la madre de mi papá, y ella, su hija y dos nietos vivían cerca de nosotros. Cuando les dio la influenza y se enfermaron, con mis padres nos fuimos a vivir con ellos para que mi madre pudiera atender y cuidar a todos los pacientes. En esa época mi madre tenía 25 años y tenía tres hijos. Esperaba otro bebé para mayo y apenas era febrero. Se había encargado de cuidar, a la vez, a ocho pacientes que estaban muy enfermos con influenza, sin comodidades ni servicios modernos de ninguna clase. Mi madre tenía que ir a buscar leña para calentar la casa, mantener encendidas todas esas hogueras y, además, ocuparse de la atención de ocho pacientes.
PRISCILLA REYNA JOJOLA:
Mi padre se llamaba Telesfore Reyna, pero se le conoció siempre por el nombre de Díganos Buenos Días. Buenos Días era su nombre indígena. En aquella época trabajaba para la compañía DuPont en Tennessee. Cuando alguien se enfermaba siempre contaba la historia de cómo se enfermó mientras estaba en Tennessee y cómo a mucha gente que se había ido del pueblo la traían enferma. Los traían en tren, decía él, y algunos de ellos habían muerto en Tennessee. En 1918 mi madre tenía apenas unos 11 años, pero recuerda que vivían en el lado Sur del pueblo. Recuerda que la campana de la Iglesia tocaba todos los días, que había una cierta campana que doblaba por los muertos. Decía que recordaba aquel horrible sonido de su niñez.
NARRADOR:
En 1918, como hoy, casi nadie creía que la influenza fuera una enfermedad mortal. Sufrimos durante la temporada de influenza cada invierno que, en los Estados Unidos, suele ser más intensa entre enero y fines a de marzo.
DR. JAMES RANDOLPH FARRIS:
Los síntomas de un resfriado suelen ser secreción nasal, a veces, fiebre leve y sensación de un poco de agotamiento. La influenza es mucho, mucho más pronunciada que eso. La gente tiene fiebre alta, carece totalmente de energía, presenta dolores musculares, dolor de cabeza y una tos seca. Con un resfriado común, uno se siente mal por un par de días, pero al cabo de cuatro a cinco días comienza a sentirse bien otra vez. Con la influenza a veces tarda dos semanas o más. Si es muy fuerte, puede causar neumonía.
NARRADOR:
En los Estados Unidos, ocurre un promedio de más de 200.000 hospitalizaciones al año por causa de las complicaciones de la influenza, por las cuales mueren unas 36.000 personas.
DR. TIM UYEKI:
Durante la epidemia de influenza estacional en los Estados Unidos, hay ciertos grupos con mayor riesgo de complicaciones: los niños pequeños en particular, los menores de dos años, los ancianos, sobre todo los mayores de 65 años, las personas de cualquier edad con ciertas afecciones crónicas subyacentes, como asma y enfermedad pulmonar o cardiovascular crónica. Además, las mujeres embarazadas están expuestas a un mayor riesgo de complicaciones de la influenza estacional.
NARRADOR:
Si bien la influenza estacional es una grave amenaza para la población con riesgo de complicaciones, el brote de 1918 y comienzos de 1919 dejó más de medio millón de muertos en los Estados Unidos, cuya población era apenas un tercio de la actual.
CARMEN TRUJILLO PORTILLO:
Tenía cuatro años de edad. Vivía en el Rió de Mimbres,Nuevo México, que ahora es Faywood, Nuevo México. Mi mamá se iba mucho, que no era muy, muy raro por que era ella la partera de la comunidad, ¿verdad?, y en un sentido el doctor, por que no había doctor ahí. Yo y o lloraba por que no me quería llevar a ver los bebitos pero yo no me daba cuenta de que no había bebitos, había muertos. Para mi mamá, le fue muy duro por que ella estaba tratando de salvarla la gente pero muchos se le morían, pero pudo lograr de que no se contaminó a pesar de que andaba entre ellos. Que dos personas se morían minutos unos de otros que están enfermos en la misma cama.
No había servicios fúnebres por que no, no había tiempo. De la otra memoria que tengo es de oír el martillo cuando hacían las cajas. Cuando alguien se moría, ellos tenían que hacer sus ataúdes. Lo continué escuchando, y está en mi mente.
NARRADOR:
Cuando la gente daba el nombre de gripe o de gripe española a la influenza, era obvio que no se refería a la que ocurre cada invierno. Hoy en día sabemos que es una enfermedad causada por el virus de la influenza, que se propaga de una persona a otra por medio de gotitas cuando la gente tose y estornuda o por contacto con el virus en la mano de alguien o en una superficie contaminada. En 1918, nadie sabía la causa, cuándo comenzaba ni cómo se combatía.
CARMEN PORTILLO:
Culpaban mucho a los soldados militares que, que venían, pero de verdaderamente no, no se sabía
NARRADOR:
Pocas comunidades de los Estados Unidos eran tan pequeñas o aisladas que estaban protegidas de las olas de esta mortal enfermedad que azotaba a todo el mundo. La influenza de 1918 llegó, incluso hasta las remotas aldeas Inuit en Alaska, a veces acabando con todos, o acabando con los adultos y dejando a los niños sin nadie que los cuidara. Atacó con mucha fuerza también a algunos pueblos indígenas del Sudoeste de los Estados Unidos.
ALBERTA LENTE:
No creo que el médico residiera aquí, pero venía de Albuquerque. Mucha de nuestra gente anciana no hablaba el idioma inglés, de manera que mi papá interpretaba lo que el médico quería que hicieran y cómo cuidarse. Los médicos trabajaban desde muy temprano hasta avanzada la noche para visitar todas las casas del pueblo. Por la mañana a su llegada a algunas casas, encontraban que una, dos o tres personas de la familia habían muerto durante la noche. Había entierros a diario; la campana de la Iglesia doblaba de la mañana a la noche por todos esos muertos.
NARRADOR:
La Oficina de Asuntos Indígenas envió al Dr. D. A. Richardson a investigar la situación en los Pueblos cerca de Albuquerque, Nuevo México. Escribió que “la fortaleza de los Pueblos no desapareció con los ancianos ni los lactantes; se arrebató a los adultos jóvenes de la tribu”. Ocurrió lo mismo en el mundo.
Con la influenza que nos ataca cada otoño e invierno, la mayoría de los adultos sanos se enferman por un par de semanas y se recuperan. Cuando mueren de influenza, casi siempre son los muy pequeños y los muy ancianos. Pero la de 1918 fue mucho más mortífera que la estacional y registró una tasa muy alta de defunción de adultos jóvenes, hombres y mujeres fuertes que trabajaban para sostener y cuidar a su familia.
REBA HAIMOVITZ:
Mis padres llegaron a este país de Rumania. En 1918, mi familia residía en la parte Sur de Filadelfia. Creo que era un barrio de inmigrantes. Era una vida dura y difícil. Mi madre, mi padre y mis dos hermanas, tuvieron la gripe. Fue una época triste; había una tristeza por toda la ciudad. Cuando uno miraba a su alrededor, a duras penas veía a alguien caminando por ahí. La gente se quedaba en su casa porque tenía miedo y decía que, si lo mataba a uno, lo hacía rápido. Recuerdo que me decían que vieron llegar a casa—a un vecino joven. Estaban mirando por la ventana, venía del trabajo. Y al otro día por la tarde, vieron que lo sacaban. Murió.
NARRADOR:
Filadelfia tuvo una de las mayores tasas de incidencias de enfermedad y muerte y los mayores trastornos en los Estados Unidos. No se pusieron en práctica medidas para limitar la propagación de la influenza, como prohibir las reuniones públicas donde podría propagarse con facilidad. Se permitió realizar un gran desfile para recaudar fondos para las tropas que luchaban en la Primera Guerra Mundial. Aunque los participantes y la multitud usaron máscaras de gasa, los ya infectados contagiaron a mucha gente.
Baltimore salió casi tan mal librado como Filadelfia. Los soldados de Camp Meade, al Sur de la ciudad, se enfermaron en septiembre, y a comienzos de octubre había 2.000 casos en Baltimore. Las autoridades dudaron en cerrar las escuelas y otros lugares de reunión para reducir el contacto entre enfermos y sanos. Los hospitales y las funerarias estaban colmados y los trabajadores de la ciudad y sus empresas estaban demasiado enfermos para levantarse.
FLORENCE PARKS:
La acería Bethlehem Steel trajo del Sur a todos estos hombres para trabajar en sus talleres. Miles de hombres salían de los talleres. Mi padre trabajaba en la panadería de la compañía Bethlehem Steel. El único panadero negro que tuvieron allá fue mi padre. La gente se trataba con mucha amabilidad y era un lugar donde los unos cuidaban a los otros. En las barracas, sólo vivían los hombres que trabajaban para Bethlehem Steel. Morían y quienes estaban a su alrededor ni siquiera se enteraban de su muerte. Llegaban a casa y, el hombre estaba muerto. No sabían por cuánto tiempo porque se iban a trabajar. Lo dejábamos por la mañana y en la noche estaba muerto. Mi mamá estaba enferma y nos pusieron en cuarentena. No visitábamos a nadie y nadie nos visitaba, con excepción de la Señora Kissy Thornton. Iba por todos lados ayudando a los enfermos y nunca se enfermó.
RACHEL HOLLIS:
En 1918, creo que yo tenía entre diez y doce años, y me dio la gripe; estábamos solamente mi madre y yo. A dos de mis amigas con quienes asistí la escuela primaria les pegó la gripe. Yo iba hasta el Hospital Bayview a visitarlas. A una la sacaban al pórtico en medio del frío del invierno. Y estaba tapada con cobijas y una capucha, pero murió. Ambas murieron a esa tierna edad. La gente no entendía y no había vacuna, pero los padres de uno hacían lo que podían.
NARRADOR:
La influenza de 1918-1919 fue una pandemia, un brote de enfermedad alrededor del mundo que causó graves padecimientos y muerte. ¿Por qué fue la influenza de 1918 mucho más mortífera que la estacional que tenemos cada invierno? ¿En qué se diferenció el virus de la influenza de 1918?
DR. TIM UYEKI:
Los virus de la influenza estacional que causan brotes y epidemias anuales en los Estados Unidos durante el otoño, invierno y principio de la primavera circulan entre la población mundial y están en evolución, cambian un poco. Pero son virus que afectan al ser humano, de modo que un cierto porcentaje de la población estadounidense y mundial se infecta cada año y algunos se enferman. La mayoría de la gente se recupera de esa enfermedad autolimitante. Los sobrevivientes tendrán un cierto grado de inmunidad. Otra gente se vacuna y adquiere cierta inmunidad con la vacuna. De manera que hay dos formas de adquirir protección inmunitaria. Una es por medio de la infección natural, después de la cual uno se recupera, sobrevive y adquiere inmunidad. La otra es por medio de la vacunación, que estimula el sistema inmunitario del cuerpo para que produzca anticuerpos contra cepas específicas de virus contenidas en la vacuna.
Una pandemia de influenza es diferente. Se debe a la aparición de un virus muy nuevo de la influenza A, al cual no ha estado expuesta antes la mayor parte de la población y, por lo tanto, carece de inmunidad, no tiene protección inmunitaria. De manera que se observa un número—un porcentaje—muy elevado de enfermos en el mundo.
NARRADOR:
En los últimos 100 años, nuevos virus de la influenza han causado cuatro epidemias: en 1918, ‘57, ‘68 y 2009.
DR. DAVID MORENS:
Al fin y al cabo, vienen de las aves: las aves acuáticas silvestres, los patos, los gansos y varias otras aves. Pueden infectar a las aves domésticas, como los pollos. También causan infección directa al ser humano, a los cerdos y a varios mamíferos acuáticos, así como a caballos, perros y gatos. De manera que pueden llegar por todas esas vías y, en teoría, causar infección directa a la gente por medio de un ave, o indirecta por medio de otro animal.
DR. ANTHONY FAUCI:
Por causa de varias mutaciones que ocurren por muchos motivos, en determinadas circunstancias estos tipos de virus pueden adaptarse a otras especies. Luego, a medida que se propagan en esas otras especies, se adaptan mejor para propagarse de un cerdo a otro, de un ave a otra o de una persona a otra. Obviamente, la especie humana es el huésped que más nos preocupa desde el punto de vista de la salud humana.
ANNAH THURBER:
Una de las hermanas de mi papá vivía bastante cerca de nosotros. Tenía una familia de cuatro hijos, su esposo, y estaba esperando otro bebé. Le dio la gripe y, por supuesto, murió … estaba muy enferma. Murió. Todas las señoras embarazadas que conocíamos que tuvieron la gripe, murieron, y mi madre no se contagió.
DR. DAVID MORENS:
No sabemos por qué es tan alta la tasa de mortalidad de las mujeres embarazadas, pero esto está documentado por más de 500 años. El embarazo es uno de los mayores factores de riesgo de muerte por influenza. En 1918 las mujeres embarazadas corrían un gran riesgo - son más jóvenes - pero las mujeres no embarazadas y los hombres de ese grupo de edad también estaban expuestos a un riesgo de muerte mucho mayor. No se sabe el por qué. En una pandemia de influenza, la gente muere de neumonía, y siempre hay un porcentaje de defunciones... ancianos, gente con afecciones crónicas como enfermedades cardíacas o pulmonares, mujeres embarazadas, lactantes y otros. En 1918 ocurrió algo muy diferente. Hubo muchas muertes de adultos jóvenes sanos, cuyo porcentaje del total fue bastante alto, cosa nunca vista antes. Lo sucedido es un misterio.
NARRADOR:
La aldea de Brevig Mission queda al noroeste de Nome, Alaska, en el mar de Bering. Es notable que aún exista pues de los 80 residentes en 1918, solo cinco adultos y tres niños sobrevivieron a la pandemia de influenza. Hace más de 50 años, un estudiante de medicina interesado en el virus llegó a la aldea.
DR. JOHAN HULTIN:
Yo era estudiante de medicina en Suecia, y decidí viajar a los Estados Unidos y obtener una Maestría en virología. Luego, entre una cosa y otra, decidí estudiar para el doctorado. Un día tuvimos un visitante, un virólogo muy destacado. Recuerdo que habló de todo lo que se había hecho para averiguar qué había causado la influenza de 1918. Luego hizo un comentario de unos 15 segundos al final de su intervención. Dijo que alguien debería ir a la parte norte del mundo y tratar de buscar a una víctima de la pandemia de gripe española de 1918, sepultada en la capa de permahielo - esa víctima tal vez habría permanecido congelada desde 1918; en ese entonces habían transcurrido unos 35 ó 40 años - y tratar de recuperar el virus. Luego pasó a otro tema. Sucedió que yo oí esos 15 segundos. De inmediato fui a ver a mi asesor universitario y le pregunté si ese podría ser el tema de mi tesis de doctorado. Me respondió que sí, que por qué no. Yo había trabajado durante el verano de 1949 para un paleontólogo en Alaska.
NARRADOR:
El paleontólogo, Otto Geist, había trabajado en la Península de Brevig y conocía a los misioneros de las aldeas locales. Con su ayuda, Hultin pudo examinar los archivos de la misión del otoño de 1918. Descubrió que los excelentes archivos de los militares mostraban el lugar y el espesor de la capa de permahielo en Alaska.
DR. JOHAN HULTIN:
Por eso me fui para allá y escogí tres, tres aldeas. Llegué en junio y fui a la primera aldea, llamada Nome. En realidad es un pueblo bastante grande, Nome. Fui a la fosa común del cementerio y descubrí que el río que solía bordear el pueblo a cierta distancia había cambiado de cauce desde 1918, entrado al pueblo y derretido la capa de permahielo. Podía verlo. Entonces contraté a un piloto de avioneta para que me llevara a una aldea llamada Wales en el Estrecho de Bering. Averigüé dónde quedaba la fosa común, que estaba claramente marcada con una cruz grande. El peñasco se había caído sobre la playa y casi había excavado o invadido la fosa. Me imaginé que ahí no había capa de permahielo. El piloto me llevó a la actual Brevig, pero no había forma de aterrizar allá. Tuve que hacerlo en la playa a cierta distancia en otra aldea. Luego crucé una enorme masa de agua en un bote ballenero. Después tuve que recorrer a pie unos nueve kilómetros por una tundra empantanada que apenas comenzaba a descongelarse, y de ahí salí rumbo a Brevig.
Tenían un consejo de aldea, el consejo de ancianos. Esta es una sociedad matriarcal. De manera que la mujer más anciana de la familia más grande toma las decisiones o influye mucho en ellas. Y qué iba yo a imaginarme que eso sería de gran importancia más adelante. Para mi buena suerte había tres sobrevivientes de la pandemia de 1918. Les pedí que preguntaran a los demás miembros, al consejo de ancianos, cómo había sido la situación en esa semana de noviembre cuando murió 90 por ciento de la población. Les dije: “si me permiten entrar a la fosa y si tengo la suerte de encontrar las muestras correctas, las llevaré de regreso a mi laboratorio. Y si todo sale bien, podremos preparar una vacuna. Por lo tanto, en la próxima pandemia que se avecine y los amenace, tendremos una vacuna para inmunizarlos y protegerlos”. Entendían lo qué es una vacuna porque se les había inmunizado contra la viruela. La matriarca, Jenny Olanna, estaba a favor de eso. De modo que ella influyó en la decisión y me permitieron abrir la fosa.
De modo que fui a la fosa y comencé a excavar. A unos 30 centímetros encontré la capa de permahielo, un suelo congelado muy duro. Prendí una hoguera, conseguí leña en la playa, subí al peñasco donde está la fosa común y comencé a derretir la capa de permahielo. Al final del segundo día bajé a un poco más de un metro y ahí encontré a la primera víctima, una niña pequeña que debería tener unos 12 años de edad. Pero el estado de su cuerpo a un poco más de un metro de la superficie era tan bueno que yo confiaba en que a mayor profundidad habría adultos mejor conservados. En esa fosa había 72 cadáveres.
Yo no fui solo a Alaska. Viajé acompañado por mi asesor universitario que era virólogo especializado en influenza, un patólogo del cuerpo de profesores del departamento en Iowa que se encargaría de la autopsia, y Otto Geist. Éramos cuatro. Fui primero que ellos a explorar la fosa y la excavación de prueba. Al otro día vinieron a la playa donde aterricé antes y recorrimos el mismo camino hasta Brevig.
Los cuatro excavamos para hacerlo con más rapidez y al cabo de tres días habíamos excavado caso dos metros. Encontramos tres cadáveres en perfecto estado de conservación y el patólogo realizó la autopsia. Los pulmones estaban perfectamente conservados. Tras agradecer a los pobladores, cerramos la fosa. Por supuesto, tomé fotos a cada instante.
Al cabo de un tiempo llegamos a Iowa con ese material y comencé a cultivar el virus en busca de un virus vivo de la influenza. Semana tras semana, tras semana, me desilusionaba más y más. A la larga se me acabaron las muestras. El virus estaba muerto y ahí se me fue el doctorado. Lo vi volar por la ventana de la oficina sin aire acondicionado que tenía por laboratorio. Decidí volver a Suecia para continuar mis estudios de medicina. Tuve mucha, muchísima suerte. Recibí una oferta para continuar mis estudios de medicina en Iowa, donde obtuve el título de médico y luego llegué a ser patólogo. Pero en la mente tenía ese recuerdo de no haber obtenido el doctorado y de todo el empeño puesto en ello que se había desmoronado.
DR. JEFFERY TAUBENBERGER:
La patología molecular es una especialidad de la medicina que, con instrumentos de biología y genética moleculares, permite emitir un diagnóstico y comprender bien las decisiones sobre atención médica. Puedes diagnosticar enfermedades infecciosas, con búsqueda del material genético de microorganismos infecciosos, como un virus o una bacteria, por ejemplo.
En los años ochenta yo era patólogo del Instituto Nacional del Cáncer y en 1993 me trasladé al Instituto de Patología de las Fuerzas Armadas para crear un nuevo grupo dedicado a la patología molecular, en su aspecto clínico y de investigación. Una de nuestras tareas era buscar una forma de recuperar material genético del material típico de biopsia.
El depósito de tejidos del Instituto se remonta a la Guerra Civil y tiene una colección de millones de muestras de tejido que reflejan todos los aspectos de los tumores, las enfermedades clínicas e infecciosas, incluso autopsias de soldados muertos de gripe en 1918. Quería pensar en un proyecto que destacara la utilidad de un archivo de tejido tan antiguo y de nuestras nuevas técnicas de análisis molecular. Para unir las dos cosas en la mente tenía que investigar la influenza de 1918. Tal vez podríamos recuperar fragmentos del material genético del virus conservado en los tejidos de autopsia de los que murieron en 1918.
Al comienzo del proyecto habían dos preguntas fundamentales. Primero, ¿por qué era este virus tan particularmente virulento y por qué cobró la vida de tantas personas, sobre todo, de adultos jóvenes sanos? Segundo, ¿de dónde vino este virus? Esperábamos aprender de lo observado en 1918 para aplicarlo al futuro y entender cómo se forman las pandemias y por qué ciertos virus de la influenza causan más enfermedad que otros.
Estos tejidos eran muy antiguos y no estaba claro si podríamos recuperar algún material genético en esas muestras. Era preciso idear técnicas y seguir perfeccionándolas para extraer ácidos nucleicos, ADN y ARN . El proyecto comenzó en 1995 y tardamos un año en encontrar un primer caso positivo para ensayar nuestras técnicas y cerciorarnos de que realmente podríamos encontrar la influenza. Una vez que descubrimos ese primer caso positivo y comenzamos a generar la secuencia y a compararla con la de los virus conocidos de la influenza, nos convencimos de que habíamos encontrado el virus de 1918. Pero nos preocupaba que el material no fuera suficiente para trazar la secuencia de todo el virus.
DR. JOHAN HULTIN:
En marzo de 1997, Science News publicó este titular: “Se descubre el virus de la pandemia de 1918”. Jeffery Taubenberger había descubierto una pequeña secuencia. Le escribí una carta diciendo: “Si necesitan más muestras, avísenme y volveré a Alaska. He estado allá antes. Se dónde está. Puedo volver”. No tuve noticias, supe nada de él. Pensé, bueno, piensa que estoy loco. Pero estaba de vacaciones y no había recibido su correo.
DR. JEFFERY TAUBENBERGER:
Estábamos muy emocionados con esa posibilidad. Si pudiéramos recuperar material de una víctima congelada, la calidad del material genético del virus podría ser mejor que lo que teníamos en estos bloques fijados con formalina.
DR. JOHAN HULTIN:
Me llamó aquí para preguntarme: ¿“cuándo puede ir”? Le respondí: “No puedo ir esta semana, pero sí la próxima”. Llamé a Brevig. Esta vez==mi segunda visita en 1997—era el mes de agosto. Esa era una época mucho mejor para excavar en la capa de permahielo.
Fui a ver al nuevo misionero. El Pastor Brian Crockett, así se llamaba. Todavía está allá. Él sabía de la excavación que yo había hecho en 1951. También sabía que yo tenía que pedir permiso para hacerla de nuevo. Me dijo que era muy difícil. “Quizás esta vez no le den permiso, pero yo voy a, voy a presentarle a Rita Olanna”. Ella era la matriarca en 1997. En ese momento, yo no sabía que su abuela era Jenny Olanna. Ahí estaba. De lo contrario, no habría sucedido nunca. No todas las cosas corren mal todo el tiempo. Así parecía, pero no lo era. Ahí está. Es crucial.
NARRADOR:
El Dr. Hultin presentó su caso al consejo de aldea de Brevig, incluso a Rita Olanna. Se cercioró de que entendieran que el virus estaba muerto y no podía causar enfermedad.
JOHAN HULTIN:
También les dije que era importante porque “Todo comienza con su participación y ustedes, los pobladores de Brevig, ahora forman parte del equipo. Yo soy el recolector de especímenes. Con el Dr. Taubenberger del Instituto de Patología de las Fuerzas Armadas somos tres. Pero comienza con ustedes”. Y me dieron permiso para ir. Pensaba que nadie querría ir a una fosa a excavar cadáveres. Estaba listo a hacerlo yo solo…y uno de los miembros dijo: ¿“Quiere que alguien le ayude”? El consejo de aldea asignó a cuatro jóvenes esquimales para ayudarme.
Como tenía la fotografía en mi poder, sabía donde estaba la fosa. La marqué. Al final del día habíamos bajado poco mas de un metro y no veía nada. Al día siguiente bajamos un metro y medio. Noté que había algunos cadáveres a dos metros, encontré un esqueleto. Luego, al lado del esqueleto, había una mujer perfectamente conservada, se le había descompuesto la ropa, pero podía ver la piel que era la de una mujer obesa. Comencé a practicarle la autopsia. Le saqué la caja torácica y luego, expuse los pulmones. Ahí estaba la imagen textual de una persona que había muerto de neumon itis vírica aguda, exactamente lo que yo necesitaba.
La capa adiposa subcutánea y la grasa interna le habían protegido los pulmones de la descongelación ocasional de la capa de permahielo, de unos 2 metros de profundidad. Los esquimales no son obesos, no tienen tanta comida y, sobre todo en 1918, eran activos y muy trabajadores. Era asombroso encontrar a alguien que hubiera consumido y acumulado calorías en exceso. Aquí estaba una mujer que había tenido suficiente comida, un buen esposo, un buen cazador de focas y morsas, que le había traído esta comida. ¿Se imaginan su suerte?
Luego decidí que, antes de irme, tenía que hacer algunas nuevas cruces para demostrar de mi gratitud al pueblo. Tenía fotografías de las cruces originales, sabía lo altas y anchas eran, todo. Terminé mi trabajo con las cruces a la una, y a las ocho de la mañana siguiente vinieron los jóvenes a ayudarme a ponerlas. El piloto aterrizó más o menos una hora después, cargué todas mis muestras y se las envié a Jeffery Taubenberger.
DR. JEFFERY TAUBENBERGER:
Nuestra ventaja era que, a diferencia de las muestras de tejido de la autopsia fijadas en formalina, que eran muy pequeñas y limitantes por ser apenas del tamaño de una uña, él podía darnos mayores cortes de todo un pulmón y, aunque la calidad del ARN era inferior, teníamos mucho más material con qué trabajar. Quedó absolutamente claro que podríamos secuenciar el resto del virus a partir de ese material.
DR. JOHAN HULTIN:
Pensé que pasarían varias semanas antes de que él tuviera alguna idea de que los especímenes eran buenos. Pero unos 10 días después me llamó para decirme: “Johan, lo tenemos. El espécimen es bueno y tenemos bastante muestra, excelente material y esto va ser maravilloso”. Fue un gran día para mí porque había comenzado en 1955 y finalmente en el 97 lo había logrado. Pero sin los esquimales de Brevig nada hubiera ocurrido.DR. JEFFERY TAUBENBERGER:
El esfuerzo de secuenciar todo el genoma del virus de 1918 de principio a fin tomó 10 años. Fue un proceso muy laborioso.
DR. JOHAN HULTIN:
En total, había que juntar más de 13.000 fragmentos de información genética. Si él consigue una secuencia o un tramo—una pequeña parte—de un gen, la tendría, mirando aquí y allí. El gen tiene esta longitud y está completo y este fragmento, ¿en dónde encaja? ¿aquí? ¿o en este extremo? ¿o es de esta forma? ¿qué va a la izquierda y a la derecha? Día tras día, mes tras mes, se juntarían esos fragmentos año tras año. Había que encontrar el lugar apropiado de los 13.000 o más fragmentos. Es increíble.
DR. JEFFERY TAUBENBERGER:
Obviamente se trata de un virus adaptado al ser humano. En su aspecto genético, tiene una secuencia similar a la del virus de las aves. Por lo tanto, creemos que se trata de un virus de la influenza similar al aviar adaptado al ser humano. Sabemos que hay diversas mutaciones en varios genes que son absolutamente indispensables para esa adaptación y que podrían ser un instrumento de análisis para evaluar la importancia de una cepa aviar con el fin de determinar si alguna se desplazó por la vía de una posible adaptación al ser humano. Si descubrimos cambios cruciales que permitan que un virus aviar se multiplique en el ser humano, sería posible fabricar medicamentos que bloquearan o se ligaran a ese cambio en particular para evitar el efecto real del virus aviar en el ser humano. La característica más distintiva de la influenza de 1918 fue el hecho de que registró una alta propensión a cobrar la vida de los adultos jóvenes de 15 a 40 años. Aun teniendo la secuencia completa del virus, todavía no entendemos su comportamiento. Favorezco la idea de que ese grupo de edad podría haber tenido una clase errónea de inmunidad al virus de 1918, una clase de reacción inmunitaria que la hacía más vulnerable a la muerte. En 1918, las personas mayores de 45 ó 50 años quizá tenían inmunidad previa a virus similares al de ese año. Hoy en día, trabajamos en la identificación de muestras de tejidos de autopsia, positivas al virus de la influenza, tomadas antes de 1918 para tratar de resolver este problema.
DR. JOHAN HULTIN:
Ann Reid, mujer de muchos logros y mano derecha de Jeffery Taubenberger, fue enviada por el Instituto AFIP a presentar una placa al consejo de aldea. Si este trabajo de Taubenberger lleva a obtener agentes antivíricos y buenas vacunas y a salvar centenares de millones de vidas, comenzó con Rita Olanna y Jenny Olanna.
NARRADOR:
Otra pregunta sobre el número de muertos por la influenza de 1918 era cómo moría la gente después de enfermarse. Los Dres. Taubenberger y Morens examinaron no solo los tejidos de autopsia en la colección del AFIP, si no también los informes de autopsia de las personas muertas por esa pandemia en todo el mundo.
DR. JEFFERY TAUBENBERGER:
Hemos observado que casi toda la gente murió por neumonía bacteriana secundaria. Creemos que un virus de la influenza muy virulento causó una extensa reacción inflamatoria y daño del tejido de los pulmones, tanto que algunas bacterias, como los estreptococos o neumococos comunes en la garganta de las personas normales, podrían propagarse a los pulmones y causar una enfermedad mortal. Creo que las muestras de casos de neumonía bacteriana ayudan a explicar por qué la mortalidad es tan alta en particular en los campamentos militares. Si bien esto es muy importante para entender lo sucedido en 1918, también tiene repercusiones importantes para planear la atención de la pandemia en el futuro.
DR. DAVID MORENS:
En los últimos 10 años, hemos visto una explosión de información referente a la influenza, sobre todo, por la secuenciación del virus de 1918, pero también por los insólitos sucesos relacionados con el virus H5N1 de la influenza aviar.
DRA. NANCY COX:
Hemos estado observando este virus de la influenza aviar en particular por más de 10 años. Los virus de esta clase son sumamente transmisibles de un ave a otra y pueden destruir a toda una bandada de aves. Pero lo más importante desde el punto de vista de la salud pública es que el ser humano a veces puede infectarse por ese virus cuando está en estrecho contacto con aves infectadas. Han muerto más de 60 por ciento de las personas infectadas. Es mayor el número de personas expuestas al virus que de personas infectadas. Para que este virus de la influenza aviar cause una pandemia, tendría que sufrir varias mutaciones para que pudiera transmitirse con facilidad de una persona a otra. El hecho de que los virus de la influenza aviar objeto de estricta vigilancia hayan circulado por más de 10 años sin causar una pandemia no quiere decir que no la causarán. En pandemias pasadas, no sabemos por cuánto tiempo circularon realmente esos virus, causaron infecciones al ser humano y se transmitieron de manera eficiente. De manera que no sabemos lo suficiente sobre sus antecedentes para poder pronosticar el futuro.
DR. DAVID MORENS:
La mayor lección es que no podemos pronosticar qué hará la influenza.
NARRADOR:
Mientras que los científicos siguen buscando respuestas en el virus de la influenza de 1918, también podemos aprender de los hombres y las mujeres que respondieron a la crisis de salud encargándose de cuidar a sus familiares, vecinos y comunidades. El Dr. John Tappan fue médico del Servicio de Salud Pública en El Paso, Texas. Escribió a un colega en un hospital de campaña del ejército en Francia.
VOZ DEL DR. JOHN TAPPAN:
“Hemos estado terriblemente ocupados con la influenza. En promedio, hice 30 visitas diarias por cerca de un mes y todos los demás hicieron lo mismo o mucho más. El Servicio de Salud Pública y la Cruz Roja abrieron un hospital en la escuela Aoy, donde tratamos a la parte mejicana de la ciudad. La epidemia fue implacable. Hubo unos 10.000 casos en El Paso y los mexicanos—como ovejas al matadero - familias enteras exterminadas. A la población blanca le fue casi así de mal… Estaba atrasado 3 días en mis visitas… A los otros médicos les pasó lo mismo”.
NARRADOR:
Muchos residentes de otras partes de El Paso, al enterarse del alto número de muertes en el Sur de la ciudad cerca de la frontera con Juárez, ofrecieron sus autos como ambulancias para llevar los enfermos a los hospitales en otras partes de la ciudad. Cuando la escuela Aoy en el barrio de Chihuahuita se convirtió en hospital para pacientes de influenza, personas de toda la ciudad se ofrecieron como enfermeras, conductores y oficinistas.
VOZ DEL DR. JOHN TAPPAN:
“Como verán, hemos estado al servicio de nuestro país aquí mismo”.
MARIA PRATS GOMEZ:
Precisamente debido a al epidemia, con toda la gente que se ayudó y se vió, y vio todo el sufrimiento, ayudó la influenza en el sentido de que se unió más la comunidad.
ALEXANDRA MINNA STERN:
Había escasez de médicos y enfermeras durante la pandemia de influenza de 1918 porque muchos prestaban servicio en la guerra. Teníamos una mezcla de personal médico adiestrado, otros con alguna formación y otros con espíritu cívico deseosas de participar en la atención de los enfermos. Las mujeres voluntarias exponían literalmente sus vidas. Entraron al campo de una pandemia mortal por creer que era un llamado y querían cumplir con lo que, en su opinión, era su deber. Las actividades de los voluntarios, en particular de las mujeres que se enfrentaron a este desafío, fueron absolutamente esenciales. Esta es la historia de héroes en la sombra, de personas olvidadas, que verdaderamente respondieron con valor ante la gravedad del momento.
DR. DAVID MORENS:
En las aldeas de Alaska, todo el pueblo se enfermó al mismo tiempo. No había nadie que suministrara alimentos ni albergue. Aun en los países ricos como los Estados Unidos, a fines de 1918 y 1919 la conclusión era que lo más importante para salvar la vida de la influenza eran los buenos cuidados, no los medicamentos, ni los médicos, ni los hospitales, sino los buenos cuidados. Quizás uno piense que “Eso no puede ser verdad”. ¿Qué podía hacer la gente en aquellos días? ¿Qué efecto podía surtir la sopa de pollo? ¿Qué efecto podía surtir una cobija? Creo que los datos son fidedignos y algunos de los médicos y enfermeras más inteligentes lo repiten: “los buenos cuidados”.
NARRADOR:
Aunque nadie sabía qué causó la influenza de 1918, algunas comunidades tomaron medidas para prevenir su propagación.
DR. HOWARD MARKEL:
En nuestro grupo en el Centro para la Historia de la Medicina, hemos observado a 43 ciudades estadounidenses durante la pandemia para ver qué hicieron o qué dejaron de hacer para combatirla, qué surtió o no surtió efecto, y qué registros tienen. Las ciudades que tomaron medidas con toda clase de intervenciones clásicas de salud pública, como cuarentena, cierre de escuelas, prohibición de reuniones públicas y actuación sin demora antes de la propagación de la epidemia a muchas personas, que mantuvieron esas medidas por mucho tiempo y que instituyeron más de una simultáneamente, tenían registros de casos y defunciones mucho mejores que los de las ciudades que no tomaron medidas. Hay mucho que aprender de la pandemia de 1918, que es aplicable a la gente hoy en día o lo será en el futuro cercano y distante.
NARRADOR:
Hemos aprendido de la experiencia de la pandemia de 1918 - 19. Pero es solo uno de los factores que nos permite estar mejor preparados para enfrentar la pandemia de influenza hoy, que en 1918.
DR. ANTHONY FAUCI:
Hay ventajas extraordinarias. Unas son muy sencillas, como la experiencia de lo que surtió efecto en algunas ciudades, por ejemplo, el distanciamiento social y evitar los lugares hacinados, cosas que no se apreciaron por completo. Algunas ciudades lo hicieron y les fue bien. Lo más importante es que hoy disponemos de atención biomédica y de salud y adelantos técnicos que no teníamos. Hay vacunas contra la influenza que no teníamos en ese entonces; ni siquiera sabíamos cuál era el microbio. Cuando sucedió eso, muchas personas pensaban que se trataba de una forma extraña de una bacteria y no necesariamente de un virus. Además, hay antivíricos, como Tamiflu y Relenza y otros que no teníamos en esa época. Tenemos antibióticos para tratar las complicaciones bacterianas secundarias de la influenza, tecnología mucho mejor para tratar a las personas con enfermedad aguda y grave, como respiradores buenos y eficientes, unidades de cuidados intensivos y especialistas en medicina de atención aguda. No teníamos nada de eso en esa época, pero ahora sí.
NARRADOR:
Nuestros padres y abuelos tuvieron poco aviso o posibilidad de prepararse, pero ahora sabemos que la influenza ha causado pandemias a intervalos por lo menos en los últimos 500 años. Las autoridades de salud pública se han preparado para la próxima pandemia de influenza, ya sea leve como en 1968 o tan grave como en 1918. El mundo vigila al nuevo virus de la influenza H1N1, surgido en la primavera del 2009.
DRA. ANNE SCHUCHAT:
Sabemos que el nuevo virus H1N1 2009 ya se encuentra en casi todos los países del mundo. Por suerte, no parece ser tan grave como el de 1918. El H1N1 2009 afecta a las personas de una forma diferente comparada con las cepas de la influenza estacional. Y es más común en los niños y adultos jóvenes. También ha habido hospitalizaciones y muertes, en particular, de personas con afecciones que aumentan su riesgo de complicaciones. Las mujeres embarazadas han sido sumamente afectadas por este virus. Según informes de los Estados Unidos y de todo el mundo, las poblaciones indígenas están propensas a un mayor riesgo de enfermedad grave por la cepa H1N1. Queremos estar listos y asegurarnos de que ellas tengan los servicios necesarios y buen acceso a atención de salud y vacunación.
DR. ANTHONY FAUCI:
Por experiencia, alrededor del mundo se sabe que la mejor forma de contener la influenza es con la aplicación de una vacuna muy eficiente e inocua. Aun con la tecnología actual y más moderna, las vacunas no se fabrican de un día para otro. Primero hay que averiguar de qué virus se trata y luego pasar por un proceso de varias etapas con el fin de conseguir suficiente vacuna para proteger a la población. Por lo general, ese proceso toma varios meses, de ordinario unos seis meses o más.
DRA. ANNE SCHUCHAT:
La vacunación es realmente una parte importante de nuestra respuesta al virus H1N1 2009, pero cabe recalcar que no es la única parte. Tenemos toda una serie de actividades de mitigación y de actividades de comunicación.
NARRADOR:
Las autoridades sanitarias luchan por contener la propagación de influenza con hábitos de higiene que aprendimos de niños: quédese en casa si está enfermo, lávese las manos a menudo con agua caliente y jabón por 20 segundos, tápese la boca y la nariz al toser y estornudar, y no se toque los ojos, la nariz ni la boca.
DRA. GLORIA ADDO-AYENSU:
Al comienzo de la pandemia, ese es el instrumento más eficiente, además del distanciamiento social, como quedarse en casa cuando uno está enfermo. Pero somos una comunidad que se abraza, se da la mano y tiene ascensores para ir a los diferentes pisos de un edificio. Vamos a comprar víveres y empujamos los carritos. Todo lo que hacemos nos lleva a tocar algo que toca otra persona, de modo que lavarse las manos es de importancia crítica.
NARRADOR:
Estos buenos hábitos y la vacunación también evitan que se propague la influenza estacional. Una vacuna anual ayuda a la gente a mantenerse sana y a los trabajadores de salud a prepararse para vacunar a la población en una pandemia.
DR. JAMES RANDOLPH FARRIS:
Estas inmunizaciones están ampliamente disponibles cada año. Es muy importante que la gente, en particular si es mayor de 65 años, reciba la vacuna contra la influenza. Es importante recibirla cada año, y su costo está cubierto como beneficio de Medicare. No hay forma de contagiarse de influenza por recibir la vacuna.
DRA. ANNE SCHUCHAT:
Por lo que sé y he observado sobre el virus H1N1 2009 y las vacunas contra la influenza, el riesgo de contraer la influenza o de sufrir una complicación por esa causa es mucho mayor que el riesgo teórico acarreado por las vacunas. Si uno no se vacuna también queda expuesto a riesgo. En los Estados Unidos, cada año, cien millones de personas reciben la vacuna contra la influenza, que tiene una gran trayectoria de inocuidad. Las vacunas contra la influenza H1N1 2009 se hacen exactamente igual que las vacunas contra la influenza estacional.
NARRADOR:
Una meta a largo plazo para los investigadores científicos es tener una vacuna contra toda influenza estacional y pandémica.
DR. ANTHONY FAUCI:
En general, nos referimos a una vacuna universal contra la influenza y pienso que existe una verdadera posibilidad. No creo que será fácil de lograr. En lo que estamos trabajando - cuando digo "estamos" quiero decir los científicos en el campo- es EN identificar los componentes de todos los virus de la influenza que no cambian, aunque el virus se desplace o ALTERE. Entonces hay que convertirlo en una forma inmunógena, es decir, una forma inyectable o aplicable con atomizador en la nariz de la persona, para que ella produzca una intensa reacción inmunitaria. Muchas personas trabajan en eso. Es un proyecto de alta prioridad.
NARRADOR:
Cada año hay menos ancianos que nos recuerdan la terrible época que enfrentaron ellos,... sus familias y... sus comunidades en 1918 - 19. Necesitamos mantener vivos esos recuerdos.
DR. ANTHONY FAUCI:
Se pueden aprender muchas cosas del estudio continuo de la influenza de 1918. Creo que la lección importante es que las pandemias pueden ser muy graves. Pero también pueden ser generalizadas y no tan graves. Su gravedad se clasifica por grados. Uno siempre debe estar preparado para el peor de los casos, aunque podría haber una pandemia leve como la de 1968, o una intermedia como la de 1957.
DR. THOMAS FRIEDEN:
Hasta ahora, la actual pandemia es mucho menos grave de lo previsto en las hipótesis de planificación de la mayoría de nosotros. Podría suceder que fuera menos grave y no afectara a mucha gente. Podría ser más grave y que el virus cambiara a una forma más mortífera, lo que sería terrible y muy difícil de manejar. Podría seguir como hasta ahora. Solo el tiempo lo dirá. Debemos estar listos para actuar y responder de otro modo si el virus cambia.
DR. ANTHONY FAUCI:
Sólo podemos pronosticar que la influenza es que es imprevisible.
NARRADOR:
Todavía sabemos mucho menos de lo que quisiéramos saber sobre la influenza, pero las experiencias de las personas que soportaron la pandemia de 1918, y la investigación al respecto siguen contribuyendo a que la comprendamos mejor.
DR. ANTHONY FAUCI:
Estamos infinitamente mejor preparados hoy en día de lo que estábamos hace cien años al comienzo del siglo veinte.
NARRADOR:
Para más información sobre la pandemia de influenza, visite www.flu.gov y www.medicare.gov.




